No es lo mismo 1988 que 2018

No es lo mismo 1988 que 2018

noviembre 26, 2019 Desactivado Por La Opinión de

Mi pasado fin de semana se enmarcó por la sincronía de la discusión asimétrica respecto a la reducción del presupuesto para el Instituto Nacional Electoral y las lecturas que tenía pendientes sobre la democracia mexicana.

Recordé con ello que hace no muchos meses las poco afables redes sociales criticaron de manera desmedida a Denise Dresser, tras lo que fue calificado como evidencia de sentimiento de superioridad de la académica mexicana, cuando –desde mi perspectiva– sólo fue un error de forma, efecto de la brevedad que exige la televisión. Al hacer un comentario respecto a que quizá los jóvenes de hoy no valoramos el tipo de régimen que tenemos en México desde el año 2000, las redes sociales, que arden, como diría el escritor Juan Soto Ivars, se encargaron de decir que Dresser, con infulas autoritarias, joveneó a Gibrán Ramírez, conocido fiel vocero del actual gobierno; cuando en realidad Dresser, unicamente le preguntó a Gibrán qué edad tenía en 1994, aludiendo a la posibilidad, no de un desconocimiento o entendimiento académico, pero sí de una falta de comprensión, comprensión que produce el haber vivido una situación en carne propia; pues como esta pluma considera, no es lo mismo entender que comprender.

Me remito a lo anterior como muestra de que es verdad que muchos jóvenes, o quizá no tan jóvenes, no valoran hoy día nuestro régimen político y nuestras instituciones, dando por sentado que en México siempre se vivió como se vive hoy. Ello resulta peligroso, pues provoca que no nos esforcemos por mantener lo que por años nuestros padres, profesores y vecinos construyeron.

En esa misma vertiente, uno de los textos que he trabajado durante los últimos días es La Democracia a prueba: Elecciones en la era de la posverdad del Consejero Electoral Ciro Murayama, quien con claridad y elocuencia plantea la importancia de la cuestión. Murayama abraza, desde la introducción, el interés del lector al señalar el proceso de democratización que México vivió en el siglo XX, y sustenta lo que todos deberíamos saber, que un sistema político demócrata no se logra de manera repentina, sino a través de esfuerzos agregados de la sociedad.

Cada una de las construcciones argumentativas de Murayama resultan complicadas de falsar, pues utiliza datos duros que hacen sumamente robusto su hilo conductor. En las primeras páginas del libro, describe las últimas cuatro elecciones presidenciales, respaldándose en básicas, pero al mismo tiempo interesantes estadísticas; asimismo aporta todos los datos de participación ciudadana que hicieron posible la legalidad, pero, sobre todo, la legitimidad de las últimas elecciones presidenciales.

Murayama da también una sublime cátedra sobre teorías de la democracia, en donde aporta elementos que cumplen no solamente con los parámetros de las ciencias sociales y la academia, sino también con principios cívicos y, como regalo adicional, lingüísticamente estéticos. El actual consejero del INE se remite a uno de los actores de la izquierda mexicana del siglo XX, Carlos Pereyra, quien fuera también un optimista de la democracia en México. Cita a Pereyra para advertir sobre la inutilidad de separar los conceptos de democracia formal y democracia sustantiva, subrayando la relevancia del reconocimiento del otro, quien en democracia no debe suprimirse, pues de lo contrario se carecería del principio de pluralidad; principio que hoy no está presente en el Poder Legislativo mexicano, consecuencia de la exitosa estrategia que la coalición de partidos que respalda al gobierno, tomó en el proceso electoral, logrando así una sobrerrepresentación crítica.

Si bien, es evidente que los sistemas democráticos corren riesgos; las democracias jóvenes aún más, y hoy en específico México; por ello es importante no ignorar voces como la de Dresser, como la de Murayama, como la de Woldenberg, quienes se empeñan no solamente en que los jóvenes conozcamos los sucesos históricos nacionales, sino en que también hagamos el esfuerzo por comprenderlos. Debemos entender que no siempre se pudo mandar un tweet; que no siempre se contaron todos los votos; no siempre hubo analistas críticos del gobierno en la televisión; no siempre hubo chistes sobre el Presidente, no siempre elegíamos nosotros a los gobernadores, no siempre hubo organismos autónomos como la CNDH o el INE. Debemos entender pues, que todo ello se logró a partir de centenares de ladrillos que pusieron muchos mexicanos.

Un buen comienzo que nos ayude a reflexionar es empezar a distinguir entre un cambio de régimen y una simple –nunca menospreciable– alternancia partidista. Lo que se vivió en julio del 2018 fue lo segundo.

Podemos también empezar por reconocer la importancia del otro, pues tener un régimen democrático obliga al reconocimiento de la pluralidad, fenómenos que deben ser 100% incluyentes. Y es que tenemos la suerte de que hasta en la historia de nuestras letras y de nuestra piel lo llevemos tatuado, pues como dijo Octavio Paz en Piedra del Sol: “Los otros todos, que nosotros somos”.

Al final, los renglones siempre hechos y comunes, que rechazan quienes suelen caminar sobre nubes, se hicieron famosos por lo aprendido por aquel que en su momento fue derrotado. Hoy en México –noviembre del 2019– es muy evidente la razón de existir del: “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”.

Isidro O’Shea

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