Balas perdidas

Balas perdidas

mayo 16, 2019 Desactivado Por La Opinión de

El pasado 8 de mayo, dos personas resultaron heridas y otras dos fallecieron en un tiroteo en Cuernavaca. El 27 de abril, una balacera durante un operativo policial en Coahuila de Zaragoza dejó nueve muertos. Unos días antes, una fiesta familiar en Veracruz acabó con un saldo de trece fallecidos. En marzo, 14 personas fueron asesinadas a tiros en un bar de Guanajuato. Y, lamentablemente, el listado no acaba aquí.

La situación es alarmante: la violencia en México ha alcanzado un nuevo récord en el primer trimestre de 2019 con más de 2,800 homicidios por mes, lo cual representa un incremento del 9.7% respecto al mismo periodo en 2018. Dentro de ese saldo de violencia, existe un porcentaje de muertes a las que tanto las autoridades como los grupos armados parecen dar el tratamiento de “daños colaterales”: los fallecidos a causa de balas perdidas. Personas que cometieron “el error” de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Pese a que la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana no ha publicado datos oficiales al respecto, según el último informe del Centro Regional de las Naciones Unidas para la Paz, el Desarme y el Desarrollo en América Latina y el Caribe (UNLIREC), publicado en 2016, México es el segundo país en América Latina con más violencia armada por balas perdidas. En concreto, 55 personas perdieron la vida y 77 resultaron heridas entre 2014 y 2015 por esta causa.

La muerte violenta de cualquier individuo es injustificable desde el punto de vista de la ética y de los Derechos Humanos. Hasta el peor de los criminales debe tener derecho a garantías jurídicas y a la preservación del derecho más esencial de todos: el de la vida; sin embargo, y reiterando que cualquier asesinato es una tragedia, la muerte violenta se torna aún más grotesca si cabe cuando es fruto del azar o la casualidad. Cuando la víctima no es la destinataria de la violencia; cuando el conflicto no tiene nada que ver directamente con ella y  la muerte le llega fruto de una contingencia fatal.

El fenómeno de las balas perdidas pone de manifiesto, por un lado, los problemas de seguridad derivados de la presencia del narco y otros grupos criminales, de la violencia interpersonal y de la falta de control o negligencia en la circulación y uso de armas de fuego. Pero también genera desconfianza hacia las autoridades y la efectividad de los dispositivos policiales tanto en la prevención de la violencia como en la ejecución de protocolos contra agentes criminales.

Así, aun cuando las cifras de víctimas por balas perdidas son sustancialmente inferiores a los relacionados con otro tipo de violencia, su presencia no es marginal o casual. América Latina, en general, y México, en particular, sigue enterrando a ciudadanos por tiros lanzados al aire y cuya autoría, en muchas ocasiones desconocida, impide a las otras víctimas de las balas perdidas –los familiares y allegados de los asesinados, por un lado, y por el otro, la sociedad en general– reclamar justicia y completar el duelo.

Si retomamos el pensamiento de Max Weber, el Estado debe contar con el monopolio legítimo de la violencia ya que, teóricamente, es esto lo que permite garantizar el orden y la seguridad para todos; sin embargo, la creciente ola de violencia que vive México y sus balas perdidas no hacen más que poner de manifiesto que la seguridad es una utopía, que la vida de las personas pareciera valer cada vez menos y que, en definitiva, el Estado ha fracasado en una de sus principales funciones: garantizar el orden y la paz social.

Por ello, urge que el Estado reaccione ante esta violencia con mecanismos de control sobre la venta y tenencia de armas, con la revisión de sus protocolos de seguridad, con un compromiso de ética y responsabilidad por parte de sus autoridades y con políticas públicas que aborden el problema de la violencia desde un enfoque poliédrico, que contemple sus múltiples caras, causas y consecuencias.

Mélany Barragán

Réplicas