La hipocresía democrática

La hipocresía democrática

mayo 21, 2020 Desactivado Por La Opinión de

En estas semanas en las que todo el mundo habla de crisis sanitaria y económica, de escenarios catastrofistas y de predicciones pesimistas, reflexiono sobre si la verdadera problemática no es depositar la búsqueda de soluciones en los creadores de los problemas. Me paro a pensar si las instituciones que vanagloriamos, los medios de comunicación que consumimos, los partidos políticos a los que votamos o las organizaciones a las que apoyamos, en ocasión de sumar, restan.

Antes de que me critiquen por poco constructiva o demagoga, denme un voto de confianza y déjenme desarrollar mi argumento. Obviamente, no acuso al gobierno o medio de comunicación de turno de una pandemia mundial. En todo caso, lo podría hacer de la gestión de la misma. Tampoco digo que otras personas lo podrían haber hecho mejor, porque eso es un contrafáctico y, por tanto, nunca lo podremos comprobar empíricamente. Ni siquiera me atrevería a afirmar que mis posibles soluciones realmente fueran efectivas en ese escenario.

Pero lo que sí digo es que quizás nos hemos alienado demasiado. Tal vez hemos confiado demasiado en esos pactos sociales de los que en muchas ocasiones ni siquiera hemos participado. Hemos asumido que el orden de las cosas es el que nos han dictado. Que las cosas son como son, y punto. Por supuesto que hay movimientos sociales y colectivos que luchan contra ese orden y se enfrentan al poder. Claro que hay personas que se juegan incluso su vida por defender una causa y valores en los que creen. Y merecen todo mi respeto por ello. Ojalá no tuvieran que ponerse en riesgo por ser coherentes con sus ideas.

En cualquier caso, parece que hay límites a lo que es considerado razonable y no razonable en términos de protesta. Creo que hasta para eso estamos alienados. Nos parece muy loable levantarnos contra el cambio climático, el capitalismo, la violencia de género o la discriminación. Y lo es, creo firmemente que lo es. Pero, ¿qué pasa cuándo lo que queremos criticar es, por ejemplo, la existencia de un Parlamento? Inmediatamente asociamos esa idea con connotaciones muy negativas. Consideramos que una protesta de este tipo carece totalmente de legitimidad y sólo puede ser defendida por un dictador o un trastornado mental.

Soy politóloga y creo en las instituciones, al igual que creo en los pactos sociales y en las normas que regulan la convivencia. Pero me pregunto por qué alguien, en mitad de esta crisis, tiene que asumir sin ningún tipo de crítica que un determinado número de legisladores o un jefe del Ejecutivo adopte medidas de obligado cumplimiento que van a condicionar invariablemente su proyecto vital. Si en el fondo la democracia representativa no es más que una concepción elitista que permite tener el tablero en orden bajo una “indiscutible” legitimidad. Una carta blanca para perpetuar un sistema en el que unos pocos deciden sobre todos sin riesgo a que nadie proteste, ya que es socialmente aceptado ser crítico con la clase política, pero… ¡no vaya usted a meterse con el sistema! ¡Qué tipo de ciudadano sería!

Se me podría responder que tenemos las elecciones como mecanismo para deponer a una fuerza política, o que si cada uno hiciera lo que quisiera esto sería un caos. O, parafraseando a Hobbes, que en el estado de naturaleza el hombre es un lobo para el hombre. Incluso se podría decir que siempre está el derecho a manifestarse y protestar. Y podría estar totalmente de acuerdo con todos esos argumentos… o no. Parece que incluso cuando se introducen mecanismos de democracia participativa, son meras migajas para contener a la población y que no acaben con el orden establecido. ¿Será verdaderamente cierto que el poder corrompe –o ciega– y que incluso el más convencido de los demócratas acaba convertido en un mercenario de la política, capaz de defender lo que antes criticaba, sólo para mantenerse en el poder, sin importarle las consecuencias de sus actos sobre la población? Porque si esto verdaderamente es así… el problema no son los políticos, el problema es la dinámica generada por un sistema del que tanto nos vanagloriamos.

Vivo en Europa, la cuna de la democracia y de la cultura clásica. En concreto vivo en España, un país que fue capaz de llevar a cabo una transición modélica y experimentar un milagro económico después de décadas de autarquía y de quedarse fuera de la reconstrucción europea, tras la II Guerra Mundial. Bien, vivo en ese país y también en uno en el que llevamos dos meses de Estado de alarma, con un Ejecutivo que puede actuar por decreto con un escaso control parlamentario –¡y todo ello bajo la legalidad, porque son los diputados los que votan las prórrogas de este estado excepcional!– y en el que el presidente está más preocupado en mantener sus poderes cuasi-absolutos a golpe de negociación con otras fuerzas políticas, aunque una parte muy importante de la población denuncie la falta de libertades o la ruina económica a la que vamos abocados.

En un estado de emergencia sanitaria, en el que según él y sus partidarios, se salvan vidas nombrando a base de decreto a una veintena de altos cargos –que nada tienen que ver con la gestión de la crisis– o cerrando mesas de negociación para solucionar el conflicto catalán. Todos sabemos que la Organización Mundial de la Salud ha incluido esas medidas como prioritarias para salvar vidas. O en el que se decide cerrar un portal de transparencia o hacer públicos los nombres de los expertos sanitarios –si es que existen– que deciden sobre nuestras vidas. Y todo esto es defendido por muchos que criticaban este tipo de acciones cuando los que estaban en el poder eran otros. “Total, si están ahí es porque los han votado, así que a aguantar y ya si eso en cuatro años votáis a otra opción política”. Y, claro, en el fondo ese argumento es muy certero… pero, ¿de verdad es válido? Mientras lo discutimos, el proyecto vital de millones de ciudadanos es tirado a la basura. Alienación… hipocresía… o algo mucho peor.

Lo que me pregunto, en definitiva, es si muchas veces no somos los ciudadanos los que ponemos en bandeja la tentación autoritaria a nuestros líderes. Creo en eso de que la democracia es el mejor de todos los peores sistemas. No obstante, considero que estamos demasiado cómodos en ella y no hemos hecho ni el esfuerzo de buscar manera de innovarla o de buscar nuevas fórmulas. Es un sistema demasiado cómodo para los que mandan, satisfechos con el uso del poder, y de los que son mandados, viviendo alienados y sin ninguna responsabilidad. Un sistema que, con sus pros y sus contras, suele funcionar bastante bien en tiempos de estabilidad, pero que, en momentos de crisis extrema como la actual, pone de manifiesto lo más perverso de su naturaleza.

Mélany Barragán
Twitter: @MelanyBarragan7


Fotografía: congreso.es

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